Por Qué Casi Nunca Cuento Nada

Buenos días,

A menudo me dicen que siempre estoy haciendo preguntas, pero que rara vez cuento nada de mí mismo. En el artículo de esta semana, intentaré explicar ambas cosas.

No hago preguntas porque tenga alma de comisario o quiera desenterrar secretos inconfesables, sino porque me interesa sinceramente la gente. Cuando alguien me cuenta algo que para él o ella es importante, no me gusta quedarme en la superficie. Pregunto para comprender, para ahondar en lo que el otro trata de decirme y, si lo necesita, ayudarle en la situación que plantea.

Cuando me encuentro al otro lado, si explico algo que para mí tiene gran importancia y el otro se limita a escucharme, sin explorar luego la cuestión, me siento vacío y ridículo. Si no me vuelve a preguntar nunca por el tema, entiendo que ha sido una escucha pasiva, de las que se hacen por cortesía.

La sensación es parecida a cuando preparas un par de bises para un concierto y, al terminar, la gente aplaude, pero no pide más. Te quedas compungido, por unos instantes, con tu canción huérfana de público. Preguntar es amar. Pedir más es amar.

Cuando escuchamos activamente a alguien, las preguntas caen por si solas, ya que con ellas ayudamos al otro a desenredar la madeja, a descubrir cosas que incluso no ha pensado aún antes de esta conversación.

Pero, como dice mi querido Mario Reyes, es extremadamente raro encontrar a alguien que escuche. La mayoría te atiende a medias, porque mientras hablas está pensando en otras cosas: en lo que te responderá a continuación, en lo que quiere contarte de sí mismo, en lo que puede hacer él o ella a partir de lo que le estás contando.

Está contigo pero no está en ti. Son cosas muy distintas.

Para la escucha verdadera, el ego no tiene cabida. Necesitas estar plenamente en el otro, olvidándote mientras tanto de tus necesidades y planes.

Como sherpa literario me obligo a hacer este ejercicio muchas veces. Cuando el autor despliega su argumento o pone una página ante mis ojos, sólo existe aquello en mi mundo. Me olvido de todo lo que yo he escrito y de lo escribiré en el futuro, de otro modo no podría darle lo mejor de mí. Para ser sherpa has de estar vacío de ti mismo.

A no ser que te hayas entrenado para eso, soy consciente de la dificultad que entraña, y por eso mismo casi nunca cuento nada a nadie. Sólo hay tres o cuatro personas en el mundo con las que me siento cómodo para confiarles cualquier cosa, porque sé que buscarán comprenderme por todos los medios, que guardarán mis secretos y se convertirán en aliados.

El arte de escuchar y acompañar es especialmente difícil entre escritores, y por eso yo siempre digo que prefiero que me inviten a la cena de un equipo de fútbol de regional, donde al menos se contarán chistes, que a una de autores pagados de sí mismos.

La mayoría de artistas que he conocido, da igual cual sea la disciplina, sólo tienen ojos para su carrera y para sus logros. Es dificilísimo que un pintor compre el cuadro de otro pintor, tanto como que un escritor se alegre sinceramente del éxito de otro escritor, aunque sean amigos y se tengan en Facebook.

Ya lo decía Oscar Wilde: “Cualquiera puede simpatizar con las penas de un amigo, simpatizar con sus éxitos requiere una naturaleza delicadísima”.

Por lo que respecta a mis planes literarios, me he acostumbrado a no contar nada a nadie porque he comprobado que casi nunca sucede nada bueno después de eso. Hay que ir con mucho cuidado al compartir los sueños que te sostienen, porque sin pretenderlo el otro te los puede echar abajo.

Hace unos meses me reuní con un buen amigo del mundillo editorial para explicarle un proyecto literario, muy íntimo y personal, para el año próximo. No me hizo una sola pregunta, con lo que me sentí que acababa de contar la estupidez del siglo. Al consultarle quién podría publicar algo así, me miró abrumado, y tras pensarlo un rato, me dio el nombre de una editorial, avisándome de que el editor es un ladrón:

– Prueba a enviarles el libro cuando lo tengas listo. Ahí publican cualquier cosa.

Esta última frase me mató y durante varias semanas estaba por desistir, incluso, de llevar a cabo mi proyecto. Me había desanimado totalmente. Cuando nos hemos visto de nuevo, no ha vuelto a preguntarme por el asunto y, en este caso, doy gracias por haber pasado página.

Moraleja final: a no ser que te encuentres ante alguien que ama lo que haces y te apoya incondicionalmente, lo mejor es hacer y callar.

¡Feliz semana!

Francesc

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Francesc Miralles / Escritor, ensayista, traductor y músico.

Fotografía: Yan Pekar

http://www.francescmiralles.com

Artículo original: aquí

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